Pasamos ocho horas al día en el trabajo donde, como en toda jungla, machos y hembras marcan y cuidan su territorio, lucen sus mejores galas y tratan de gustar. ¿Quién no ha pensado en tener sexo con una compañera de trabajo?
Grandes, y muchas veces problemáticas relaciones han comenzado entre escritorios, correos electrónicos y reuniones de trabajo.
Algunos especialistas afirman que la incorporación de las mujeres al mercado laboral ha sido marcada por una imitación del modelo de éxito masculino, que incluye una sexualidad agresiva como muestra de poder. Así, las pasiones, romances y encuentros sexuales en el trabajo se han convertido en casi una cotidianidad.
En el trabajo, hombres y mujeres sacan a relucir sus mejores plumajes, ya sea para causar una buena impresión, ganarse la simpatía del jefe o para llegar al corazón (o a la cama) de la compañera que más nos atrae. Es que pasamos mucho tiempo en el trabajo, y a menudo se comparten más inquietudes, problemas y satisfacciones con quienes tenemos más cerca en ese momento.
Tantas horas en grata compañía del sexo opuesto, según el estudio Actitudes y Conductas Afectivas, realizado en España por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), dan como resultado que el 13% de la población activa conoció a su pareja en el lugar de trabajo o estudio, frente a un 9% que lo hizo en lugares de ocio.
Es decir, hay más posibilidades de comenzar una relación amorosa con alguien conocido en las aulas y oficinas que en discotecas, y aunque el informe del CIS no profundiza en materia de sexo, es revelador saber que el 8% de los encuestados definió "relación amorosa" como una relación corta o esporádica entre dos personas que se sienten atraídas y tienen relaciones sexuales.
El mismo informe apunta que en el 67% de los casos, la atracción surgió poco a poco, al ir conociéndose, algo habitual en los centros de trabajo, donde pasas más horas al día que en casa; frente a un modesto 22% que experimentó el tan nombrado "flechazo a primera vista".
No es lo mismo "sexo" que "acoso"
No hay que caer en confusiones: las pasiones en el trabajo no tienen nada que ver con el acoso. Son dos actitudes opuestas, tan diferentes que sólo puede confundirlas quien quiera hacerlo. En la seducción hay señales que se intercambian, tanteos, complicidad que crece; mientras que en el acoso todo es unilateral: el acosador decide tener sexo (en la inmensa mayoría de los casos son hombres) sin siquiera preguntarse si la otra persona también quiere.
Pero el miedo a ser malinterpretado no debe inmovilizar el deseo: sería ridículo renunciar a nuestra libertad sexual por miedo a malas interpretaciones. El acosador se equivoca siempre, el seductor sabe, y da igual que todo quede en un juego de galantería o acabe en una tormenta de sexo sobre la fotocopiadora.
Los grandes centros de trabajo, con muchos empleados, son más favorables a este tipo de relaciones. Entre los oficios más peligrosos para el sexo, el periodismo, las empresas de auditorías y de seguros, las empresas de publicidad y las multinacionales en general son los trabajos más "picantes". En empresas que ocupan edificios enteros circulan de modo permanente las noticias sobre aventuras amorosas en el baño de la tercera planta o en la sala de archivos (o en el estacionamiento).
Sexo con el jefe o la jefa
Estudios europeos y americanos sitúan en torno al 28% el porcentaje de relaciones entre trabajadores de diferente nivel en la empresa. Un 17% reconoce haber llegado a la horizontalidad mediante un salto vertical; y casi siempre con superiores inmediatos, jefes de sección o de departamento.
Pero la erótica del poder funciona si va acompañada por el atractivo físico, la situación económica y una diferencia de edad. Estos tres factores suman el 71% de las características que llevan a iniciar una relación esporádica. Con iguales o con jefes, el 30% de los romances de trabajo no pasa de relaciones puramente sexuales y el 65% no pasa del año de duración. Pero un año da para mucho. A veces, para demasiado, porque el asunto se complica cuando entran en juego terceras personas.
En la encuesta del CIS, sólo el 57% consideró imposible estar enamorado de dos personas a la vez. ¿Qué ocurre con el porcentaje que falta? Es que una cosa es lo que pensamos, lo que sostenemos como valores sociales o morales inculcados, y otra lo que hacemos.
¿Cómo se entiende que el 47% de los hombres se reconozca infiel, y en las mujeres sólo lo admita el 17%? Se mantiene un estatus social que culpa la sexualidad de la mujer. El cambio es más lento de lo que parece, y todavía está bien visto que un hombre mantenga relaciones sexuales con varias mujeres, pero cuando es al revés, más que admiración, se generan habladurías.
Y la cosa se agrava si no hay equilibrio entre la situación de los contendientes. En el estudio del CIS, el 55% pronunció que es conveniente mantener una relación de pareja aunque la pasión se haya evaporado.
Pero el deseo no se evapora, de modo que, lo que no encuentran en casa lo buscan (o se topan con ello) en la calle y, sobre todo, en el trabajo. La gente vive, trabaja, se muestra y por lo general, encuentra en el entorno laboral lo que ya no tiene en su relación. De ahí el riesgo de iniciar una aventura con un compañero o compañera de trabajo, creyendo que a los dos los mueve la pasión del momento y encontrarse luego metido en un proyecto que no buscabas.
En el caso opuesto, en el que tú eres libre y la otra parte no, el fuego inicial puede dar paso a remordimientos crecientes, en especial si la cosa se prolonga en el tiempo. Es verdad que tú no engañas a nadie, pero colaboras con que alguien sea engañado.
Trabajo sí, sexo no
Como era de esperarse, a las empresas no les agrada que sus empleados se relacionen más allá de lo esencial. Asesorías y consultorías multinacionales prohíben a sus trabajadores mantener relaciones personales; y grandes financieras y entidades bancarias recomiendan a sus empleadas no intimar con sus jefes.
Para prevenir reclamos sindicales, las cláusulas suelen figurar en los contratos de alta dirección de los ejecutivos, y en otros casos la medida pasa por separar físicamente a los emparejados con traslados a otra sección o sucursal. Rara vez se hace de forma explícita, porque si bien se puede prohibir y penalizar la práctica del sexo en el lugar de trabajo, el amor no se puede regular por convenio.
Lo más recomendable, si te vas a enredar con alguien del trabajo, es que sea fuera del trabajo. Es verdad que la mesa del jefe tiene un coeficiente de morbo muy alto, pero mejor en una cama, sin posibilidad de que los pille la señora de limpieza en el peor (o mejor) momento, y sin excusas poco convincentes.
Por último, si se trata de una relación meramente pasional y sexual, puedes buscarla fuera del trabajo (donde se come, no se ensucia, dicen). Si es un romance especial, adelante, pero trata que no trascienda. No hay nada como los comentarios de pasillo para que a tus jefes deje de importarles cómo haces tu trabajo y se centren en cómo haces el salto del tigre. Y desde un archivador, además de peligroso, es muy poco sensual.
Fuente: www.terra.com